El día empieza

Conocí una vez a un hombre que todas las mañanas bajaba al lago, se quedaba contemplando un buen rato la otra orilla, y decía «quizás hoy lleguemos hasta allí». Luego se lavaba la cara en aquel agua congelada y subía de nuevo al pueblo, silbando alguna canción desconocida.

«Soy un viejo curtidor», cantó una mañana, «de los páramos de Rocas Ton. Vive el águila en vuelo, vive un pez debajo del mar. Oh, yo soy un curtidor, o pescador, tamborilero; ya arrecie la tormenta, o amaine la furia del mar. Sí, yo soy tamborilero, hijo de las Rocas Ton. Vive la triste fortuna, que nací para morir. Vive el mar, vive la pena, vive un cangrejo lleno de sal. Vive el triste tamborilero marcando un ritmo sobre el mar. ¿A dónde vamos? Nos preguntan. No nos vamos, sino volvemos. ¿A dónde vamos? Nos preguntan. ¡Yo solo soy tamborilero! Dile al mar, y a la tormenta, que ya puedo ver la costa. Veo el cielo, veo el fuego, es la muralla que se acerca. Maiden Point, gritan algunos, ¡toca a guerra, tamborilero!»

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La muralla de Maiden Point

Había un lugar, hace bastante tiempo, llamado Maiden Point. Ese lugar consistía en un montón de casas esparcidas por el valle y las lomas que amurallaban la región. Las montañas rodeaban Maiden Point formando un arco que imitaba la forma de la costa, cerrándose a lado y lado de la media luna. En algunos puntos, cercanos al puerto, las casas se aglutinaban, un poco más altas, cerrándose en callejones claustrofóbicos y con poca luz. Pero aquellas eran las menos. Lo normal en Maiden Point, donde vivía la gente, eran los caserones de dos plantas que se repartían irregularmente por todas partes. La mayoría estaban decorados con flores en los jardines; las ventanas pintadas de marrón oscuro, y un humo incesante subiendo de sus chimeneas. Muchas tenían jardín, y ninguna una valla. Las casas del centro, o Drown, como solían llamar a aquella zona, consistían principalmente en posadas y tabernas, frecuentadas casi exclusivamente por los pescadores y demás gente de mar que arribaba al puerto de la ciudad. Aquellas casotas, embutidas unas con otras, como si un gigante las hubiera forzado como piezas de un juego de construcción, ofrecían una estampa, quizás, única en todo el sur. Había edificios clásicos junto a algunos remodelados; algunos tenían tejados llanos y otros en punta. Algunos eran de piedra, otros de ladrillo negro, pero todos, absolutamente todos, tenían algo en común. De todo edificio desde el que se pudiera ver el mar sobresalían telescopios de los tejados o balcones. Algunos, los menos, habían construido cobertizos para proteger los puestos de vigía de la intemperie, y el más remoto lo tenía embellecido como si fuera el trono de algún emperador. Aquél, precisamente, pertenecía a un anciano, Gus de nombre, que pasaba largas horas contemplando la delgada línea del horizonte sobre el mar.

Gus era de la clase de hombre que todo el mundo conoce, al que casualmente sonríen y con el que intentan no hablar. Solía vestir con ropas caras, importadas de algún lugar remoto, siempre oscuras. Algunos, incluso, afirmaban que en su casa vestía una bata granate con ribetes de oro puro. «Entonces» preguntaban algunos, «¿cómo es que vive en Drown?» Eso, sin duda alguna, era clara marca de que aquellos no habían nacido en Maiden Point.

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La Marca Sur

El fuego aún crepitaba mientras el reducido grupo se precipitaba colina abajo, cruzando una pequeña depresión y subiendo las montañas del oeste. Nadie hablaba; el frío se arrimaba sobre sus abrigos, y el hielo se fundía lentamente con la salida del sol.

Airdsgainne caminaba el último, sumido en unos pensamientos oscuros. Las mismas imágenes se repetían en su cabeza incesantemente: la madera, húmeda de la noche; la pira, y el cuerpo de Plantamock encima. Recordaba estar de pie, junto a Amarlston, observando las llamas envolver el cuerpo y consumir la madera. Recordaba la turbación en sus ojos y el reflejo del sol en unos pelos revueltos. Amarlston se había despedido allí, cargando una pequeña bolsa y alejándose sin demasiadas palabras. Así eran los Black, y no convenía entrometerse en lo que fuera que cruzase su mente en aquel momento. Airdsgainne le había observado alejarse, solo por un poco, antes de darse la vuelta y alejarse en la dirección contraria. De aquel modo se separaron, al abrigo de las llamas, con el corazón yendo al norte y los pies guiando al sur.

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El fuego y la escarcha

La antorcha brillaba bajo la pálida luz del alba. Había sido una noche fría, y la escarcha cubría los campos hasta el infinito horizonte. Todo el paisaje era blanquecino y desolado; del frío, no había bestias por ninguna parte, y daba la impresión de que aquella estampa mustia tuviera que llamar a una muerte lenta y opresiva.

El portador de la antorcha se movía al principio de la comitiva, junto al gran hombre recubierto de pieles. Avanzaban con porte lento y cansado, pisando sobre la hierba petrificada, que crujía bajo sus pies y absorbía el calor de sus cuerpos. Los dientes le crujían, y por más que se esforzaba en mantener la mandíbula apretada, el incesante repiqueteo lo acompañaba como una marcha funeraria. A su lado, Eoth –ese era su nombre–, mascullaba y farfullaba maldiciones nuevas y antiguas contra el frío, el hielo, el invierno y la madre que las parió a todas.

–Bien –se quejaba, irónicamente–, esto es estupendo, esto es estupendo… –Luego miraba al portador de la antorcha, y escupía –¿y tú qué miras? ¡Maldición! Esto es estupendo, esto es estupendo…

El portador de la antorcha entonces desviaba la mirada al frente, observaba las lomas lejanas y se preguntaba cuánto rato llevarían andando. Así pasaban los minutos, que se estiraban como si fueran días; el sol nunca salía, la escarcha nunca se fundía.

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Mercenarios

Aquellos ojos clavados en los suyos, durante el instante que duró la sorpresa, se revelaron como dos penetrantes soles, alumbrados por la lámpara cayendo. Al oírse el estrépito de la estructura de cristal al caer al suelo y deshacerse en miles de trocitos, todos miraron al suelo, y luego a la puerta, donde permanecían de pie los dos hombres. Nadie se movió, nadie se levantó ni salió corriendo. El propietario del local salió con parsimonia de detrás de la barra y, con cara de fastidio, se plantó frente a los dos hombres.

–A ver –dijo, tras chasquear la lengua–, ¿qué es lo que pasa?
–¡Plantamock Macpherson! –repitió el de la izquierda, más bajo; el que había mirado a Airdsgainne.

Los clientes de la taberna se miraron unos a otros, como si pudieran identificar un rostro por un nombre. El propietario también observó a los clientes, y luego se encaró de nuevo a los hombres.

–Parece que no hay suerte –dijo–. ¿Por qué no os vais con vuestros asuntos a… yo qué sé, a donde estén los delincuentes, y esas cosas.
–No tan deprisa, calvo –replicó el alto, con voz aguda y gutural–, antes daremos una vuelta por el establecimiento.
–Esto no es un establecimiento, esto es una taberna. La Renos Vienen. Y si queréis quedaros, tendréis que consumir algo. ¡Oh, y me vais a pagar la lámpara!

El hombre alto lo miró con desprecio.

–Eso tendrás que pedírselo a la guardia local, ellos te harán un cheque.
–¿Me tomas por estúpido? –escupió el propietario–. No, ¡oh, no no no! Vosotros dos no saldréis de aquí sin haberme pagado la lámpara, y haber consumido algo. Luego, podréis echar un vistazo.

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La leyenda de Reign Foreston

Era martes, quizás, cuando llegaron a una pequeña villa en la confluencia del Kramkhan con dos de sus mayores afluentes, el Rigan y otro que no tenía nombre. La villa, por original, tenía por nombre Kramkhan Nets, el nombre del hijo del fundador, o eso decían. Estaba situada en un ancho valle que parecía que nunca llegaría. Las montañas se habían cerrado sobre el camino, y tras cruzar uno de los pasos menos frecuentados, desde la cima de algún monte habían podido contemplar todo el valle, hasta donde llegaba la vista. El valle era en su mayor parte tierra fértil desaprovechada, colmada de verdes campos a lado y lado del Kramkhan. La ribera de los tres ríos estaba pálida, colmada de diminutas piedras de tonos grisáceos y verdes, mostrando, probablemente, el límite del frío, y el comienzo de las temperaturas más livianas, camino del sur. Si uno estiraba la vista hacia las montañas por las que descendía el afluente sin nombre, podía divisar picos blancos y brillantes, bajando poco a poco y aumentando la naturaleza, hasta llegar a las montañas verdes y frondosas que rodeaban aquél valle.

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La camarera y el puente

Se dice a menudo que el sol no se pone sobre las injusticias, pero todos sabemos que no es cierto. El sol se pone, haga bueno o llueva a barrizales, se obre el bien o abunde la maldad. Hay pocas certezas en esta vida convulsa, pero de ello estoy seguro, incluso más que del próximo amanecer. Las noches se suceden unas tras otras, interrumpidas brevemente por unas pocas horas de luz, donde si el sol brilla no importa, pues ¿qué mide los días, sino el corazón? Y si uno vive con el corazón en tinieblas, cualquier día es propicio para luchar, cualquier día es propicio para morir.

–Julius J. Vin

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Un nuevo amanecer

El tiempo se estiró mientras el cuerpo de Salomon caía al suelo, ligero como una pluma pese a su peso. Cayó de forma extraña, golpeándose la cabeza hacia atrás en una compleja contorsión. Tras la cabeza vino la espalda, arqueada, y los brazos, cayendo sin elegancia alguna.

Finn fue el primero en bajar el arma y salir de detrás de la barricada, acercándose a la masacre que había frente a la puerta de la iglesia. La lluvia descendía por su melena oscura como si aquél fuera el camino normal, y sus botas salpicaban los charcos con parsimonia. Se había colocado la escopeta en el hombro, y caminaba con dejadez extrema. Al llegar junto al cuerpo del pastor, hizo una mueca con el bigote y miró a Plantamock, quien enseguida se acercó. Airdsgainne los siguió, y Liminí Karls.

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Lluvia roja

El silencio se materializó como la más espesa capa de aire estancado que alguien pudiera respirar. Por medio segundo, todos los corazones se detuvieron, todas las escopetas se atascaron y todos los ojos se secaron. El bosque permanecía inmóvil, y ni una gota de rocío descendió mientras se oyó el canto de una solitaria grulla, resquebrajando la noche y penetrando hasta el fondo de sus almas.

El segundo no duró demasiado, lo justo para que alguien del bando de Salomon llegase a la cruenta realidad, la realidad que todos sabían, y que nadie quería pensar.

–No hay grullas tan al norte –anunció.

Pero ya fue demasiado tarde, pues el estruendo del primer disparo resonó entre los árboles; a continuación un grito, movimiento, otro disparo.

La gente corría a ambos lados de la barricada, se reposicionaban y lanzaban gritos ahogados. No tardó mucho en hacerse el silencio de nuevo. Respiraciones contenidas, armas preparadas. En la lejanía se oían los gritos del desafortunado que había recibido el tiro, los susurros de los que lo ayudaban. Los «vamos», los «ánimos» y los «tú puedes».

El segundo silencio tampoco duró demasiado, pero su intensidad se hizo palpable por los quejidos inteligibles del moribundo. Plantamock respiraba con normalidad, y Airdsgainne se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración y soltó todo el aire, llenando sus pulmones del aire templado de principios de otoño. Parecería una estupidez, pero allí, con el caos a punto de estallar, se acordó del libro que había estado leyendo en el parque, hacía ya… ¿solo unas horas? Parecían días. Pensó en qué había sido del libro. ¿Había caído al suelo? ¿Lo había dejado en el banco?

El tercer disparo lo sacó de Babia, y de pronto se vio inmerso en una lluvia de balas, que rozaban, chocaban y estallaban por todas partes.

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